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«El zurdo y su pandilla»,
autor: Fernando Botero.
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En estos días que los reyes
de España y las más prestigiosas autoridades de las 23 academias de la lengua española se dan cita en Córdoba, Argentina, bien vale acercarnos al tema de
los vínculos culturales hispánicos interoceánicos.
Y es que, a pesar del tronco común que une a España con Hispanoamérica, muchos son los tópicos en torno a las identidades de los latinoamericanos, estereotipos que el escritor colombiano William Ospina echa por tierra en el siguiente artículo.
Y es que, a pesar del tronco común que une a España con Hispanoamérica, muchos son los tópicos en torno a las identidades de los latinoamericanos, estereotipos que el escritor colombiano William Ospina echa por tierra en el siguiente artículo.
Hace poco, en una de
esas academias de no sé qué, que abundan en nuestro país, oí a un viejo jurista
decir que somos indudablemente españoles. Recordé entonces una frase de Borges,
quien, al ser tratado de hispano en alguno de sus viajes contestó: “Lo siento,
yo no soy español, yo, hace ciento cincuenta años tomé la decisión de dejar de
serlo”.
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«La corrida de toros», autor: Fernando Botero.
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Como la Constitución
que gobernó a Colombia durante cuatro generaciones fue redactada por Miguel
Antonio Caro, un gramático al que sólo le gustaba hablar en latín, y que, sin
salir nunca de la Sabana de Bogotá, gobernaba estos trópicos como si estuviera
en el Imperio Romano, muchos aquí crecieron con la idea de pertenecer sólo a la
tradición occidental: la Colombia de la Constitución de 1886, a la que anhela
tanto volver este gobierno, regía un país en el que no había indios, ni negros,
ni selvas, ni caimanes, ni anacondas, ni jaguares, ni samanes ni ceibas ni
guamos ni guásimos, sino racimos de uvas, lobos que hablaban en los bosques con
las niñas, cipreses, primaveras, otoños, e innumerables ruiseñores. Un país
inventado en la sabana, un país de blancos, católicos, liberales, donde se
celebraba el día de la raza, que no era la india ni la negra, el día del
idioma, que no era el sikwani ni el tunebo, un país de muebles vieneses, de humor
británico, o como diría León de Greiff, de “chismes, catolicismo, y una total
inopia en los cerebros”.
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«La familia presidencial», autor: Fernando Botero.
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Lo bueno que tiene para
nosotros ir a Europa es el comprender que no somos europeos, porque si tardamos
en descubrirlo, los franceses, los españoles o los alemanes se encargarán de
recordárnoslo. Volvemos entonces a América a descubrir de verdad quiénes somos,
y empezamos a encontrar un sentido para la palabra mestizaje.
Hay quienes piensan que
nuestra independencia de hace dos siglos fue simplemente una rebelión de
españoles contra españoles, que los de aquí expulsaron a los de allá, pero que
todo se limitó a una suerte de guerra civil entre dos maneras de ser español.
Yo creo que lo que ocurrió fue mucho más complejo. Sin que importe el color de
la piel, los nacidos en América somos algo más que españoles, participamos de
un mestizaje que puede ser racial pero que es sobre todo cultural, el
sentimiento de pertenencia a un mundo distinto, en gran medida todavía
desconocido, la certeza de no poder reclamarnos de ninguna pureza racial,
idiomática o cultural.
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«La familia», autor: Fernando Botero. |
La lengua que hablamos
no es la que llegó de Europa, está llena ahora de matices distintos, tiene otro
modo de nombrar las cosas, otra manera de pensar, otra respiración y otro
ritmo. La religión católica está entre nosotros llena de sincretismos, de
fusiones de la divinidad europea con entidades y símbolos de la naturaleza
americana, llena de animismo, de santería, de ritos africanos. Y basta ver
nuestra literatura para entender que Pedro
Páramo, Cien años de soledad o el
Aleph de Borges no habrían podido
escribirse en España.
Un día le oí decir a un
español que hemos exagerado mucho las diferencias, y también la importancia de
los hechos de la Independencia: según él aquellos combates ni siquiera merecían
el nombre de batallas, tal vez, me imagino, porque no tenían suficientes
muertos para que pudieran serlo en el sentido europeo del término. Y yo me
decía mientras tanto: “¿Este hombre no se dará cuenta de que cuanto más
disminuya la magnitud de los combates más vergonzosa hace la enormidad de las
derrotas?”. Ser derrotado en una batalla gigantesca puede dejarle a uno su
tamaño de paladín, pero ser derrotado en una escaramuza lo convierte en un
combatiente irrisorio.
De todos modos, yo creo
que es hermoso que una tierra que se conquistó con tanta sangre se haya
liberado, comparativamente, con tan poca, aunque los cultores de la sangre y de
la dialéctica de las bajas, que también extasía a este gobierno nuestro, nos
exijan que para que nuestras victorias sean dignas tienen que mostrar millares
de muertos.
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«Paisaje de Colombia», autor: Fernando Botero
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Pero lo más importante
es el mestizaje. En el Bicentenario que se acerca no dejarán de aparecer los
que se empeñen en creer que la independencia fue un error porque somos
españoles y hemos debido seguir siéndolo. Y surgirá, también, o ya ha surgido,
la idea de que no somos españoles en absoluto sino sólo indígenas americanos y
que hasta hablar español es un error. Ambas posiciones se empeñan en negar el
mestizaje, que es lo que más ampliamente somos en el continente.
Es tarde para salir a
decirle a Colón que no desembarque; las religiones cristianas, la lengua
castellana, las instituciones republicanas debidas a la Revolución Francesa,
son ya parte irrenunciable de nuestro ser, pero la memoria indígena, las
tradiciones, los mitos y los conocimientos de las culturas milenarias de
América también nos pertenecen y tienen que ser interrogadas, asumidas y
defendidas por nuestra cultura continental. Tan grave error es negar lo español
como negar lo indígena y lo africano, lo mismo que el aporte de tantos
generosos y creativos inmigrantes que llegaron después.
Lo nuestro es el Aleph
de la modernidad, en el que todas las tradiciones caben, y no tenemos derecho a
renunciar a una sola tradición, ni a irrespetar ninguno de los elementos
sagrados de la cultura.
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«Obispos muertos», autor: Fernando Botero
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Por eso es tan grave
que se siga pisoteando a los indígenas en nuestro suelo, y se les siga negando
su originalidad, su importancia como ciudadanos y su primado como protectores
de una parte esencial de nuestra memoria. Pero necesitamos algo más amplio que
el indigenismo: el deber de respetarnos en nuestra integridad, de reconocernos
plenamente, y de darle un lugar a cada elemento de lo que somos en el diseño de
nuestro presente.
Tomado de El Espectador
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